He escrito mucho sobre Yeray en este blog. Él nunca ha tenido derecho a réplica.
Así que le mandé ocho preguntas y le pedí que contestara como si yo no lo fuera a leer. Lo leí, claro. Aquí está.
Con 14 años organizábamos eventos de unas 3.000 personas. ¿Qué recuerdas y quién hacía qué?
Sobre todo, que no dormíamos. Éramos unos críos montando algo para lo que un adulto habría necesitado un equipo entero. Tú eras el obsesionado con que todo funcionara mejor: las listas, las entradas, los sistemas. Yo estaba más con la gente: hablar, convencer, apagar fuegos en la puerta. Lo curioso es que el reparto no ha cambiado mucho en veinte años.
En 2012, cuando queríamos vender webs, preguntaste si se podía vender sin tener web propia. ¿Qué pensabas entonces? ¿Y ahora?
Sigo pensando que era la pregunta buena. Todo el mundo nos decía que antes de vender webs necesitabas una web bonita. Yo pensaba: si alguien nos compra, será por nosotros, no por nuestra portada.
Ahora añadiría algo. La pregunta no iba de la web. Iba de no esconderse detrás de la preparación. Siempre hay una cosa más que tener lista antes de empezar.
¿Qué es lo más difícil de ser socio de un amigo durante más de veinte años?
Decir lo incómodo en el momento justo. Con un desconocido mandas un correo y listo. Con un amigo te lo piensas tres veces, porque no quieres romper lo que hay fuera del trabajo.
Callar sale más caro. Lo que no dices vuelve más tarde, y más grande.
Tardamos años en aprenderlo.
Cuéntame una vez que tuviste que frenarme.
Hay muchas. Tú te emocionas de noche. Mandas un mensaje a una hora en la que nadie debería estar pensando en servidores, con un plan para rehacer media empresa. Mi regla es sencilla: lo leo por la mañana y, si a la luz del día sigue teniendo sentido, se hace. Muchas veces lo tiene. Algunas no, y eres el primero en reconocerlo.
¿Cómo nos repartimos el trabajo y las decisiones?
Las decisiones grandes, siempre los dos. Lo demás, quien más sepa. Tú eres más de producto y de técnica. Yo, más del día a día con los clientes, los números y el papeleo que nadie ve.
Cuando no estamos de acuerdo no votamos, porque entre dos votar no funciona. Hablamos hasta que uno convence al otro, o hasta que los dos vemos que no era tan importante.
Una decisión de Foxnice de la que estés orgulloso y otra que no repetirías.
Orgulloso: nunca hemos cogido dinero de nadie. Empezamos con 300 euros y cada paso desde entonces lo han pagado los clientes. Es más lento, pero nadie nos dice qué hacer.
No repetiría: decir que sí a todo durante tanto tiempo. Durante años vendimos lo que nos pidieran. Pagaba las facturas, pero nos dispersaba. Cuando decidimos dejar de hacer desarrollos a medida dentro del mantenimiento, sentí más alivio que miedo.
¿Qué le dirías a alguien que va a montar una empresa con su mejor amigo?
Que pongáis por escrito cómo os vais a repartir las cosas antes de que haya algo que repartir. Y que aceptéis que vais a discutir. Discutir no es el problema. El problema es cuando uno de los dos deja de discutir porque se ha rendido.
¿Cómo ves Foxnice dentro de diez años?
Más pequeña de lo que la gente esperaría y más libre que ahora. Menos clientes y mejores. Productos que funcionen sin que tengamos que estar encima cada día. Y los dos decidiendo juntos, a ser posible desde donde nos dé la gana.
Veinte años, y sigue contestando con menos palabras que yo.
Seguramente por eso funciona.