ESCRITOS

La burocracia es un impuesto para las empresas pequeñas

Las empresas grandes tienen un departamento para el papeleo. Las pequeñas tienen al fundador, de noche, después del trabajo de verdad. Esa diferencia es un impuesto que nadie ha votado.

Hay un impuesto que nadie ha votado.

No aparece en ninguna nómina ni en ninguna factura. Y las empresas pequeñas lo pagan mucho más caro que las grandes.

Se llama papeleo.

El mismo formulario, a otro precio

Un formulario es un formulario. Le hace las mismas preguntas a una multinacional de trescientas personas que a dos socios en Girona.

La diferencia es quién lo rellena.

En una empresa grande hay un departamento para eso. Alguien cuyo trabajo consiste precisamente en leer la letra pequeña, perseguir el documento que falta y llamar a la oficina que no contesta. La hora de esa persona cuesta lo que cuesta, y la empresa casi ni lo nota.

En una empresa como la nuestra, ese departamento soy yo. O Yeray. Normalmente cuando ya hemos terminado el trabajo de verdad, en el rato que deberíamos estar dedicando a un cliente o al producto.

El mismo formulario. Una factura muy distinta.

La burocracia le cobra las mismas horas a todo el mundo. Y precisamente por eso es injusta.

Ayudas que cuestan dinero

El ejemplo más claro son las ayudas públicas.

Sobre el papel, están pensadas para ayudar a las empresas pequeñas. En la práctica, muchas parecen diseñadas por gente que nunca ha tenido que esperarlas.

Documentos, justificaciones y plazos que se mueven. Y luego la espera, que puede alargarse muchos meses desde que la pides hasta que ves el dinero.

Una empresa grande puede asumirlo. Tiene dinero para aguantar y gente para llevar el expediente. Un negocio pequeño muchas veces no tiene ni una cosa ni la otra. Así que la ayuda acaba ayudando más a quien menos la necesita.

He visto lo que estos programas le piden a una empresa de dos personas, y a los clientes con los que trabajamos: clubes pequeños, negocios pequeños, gente que ya tiene su propio trabajo. El dinero es real. Pero el tiempo que se come, también.

Y para una empresa pequeña, el tiempo es lo más escaso que hay. Es lo único que no puedo facturar dos veces.

Lo que he decidido

No voy a cambiar el sistema con un artículo. Sería ingenuo, y además el sistema tampoco lo va a leer.

Pero sí he decidido algunas cosas para mí.

La primera: cuento el papeleo como un coste. No como «administración» que se hace en los huecos. Si algo necesita diez horas de formularios, cuesta diez horas, y esas horas tienen que merecer la pena.

La segunda: no monto planes que solo funcionan si el expediente de otro va rápido. Si un proyecto depende de que una subvención llegue a tiempo, ya no depende de nosotros. Y no me gusta depender de una cola.

La tercera: cuando puedo, intento ahorrarles este mismo impuesto a mis clientes. Si están esperando un trámite, a veces lo más útil que podemos ofrecerles no es una web mejor, sino no tener que esperar.

Nada de esto hace desaparecer los formularios. Solo evita que sean ellos los que decidan nuestro calendario.

Una ventaja discreta

Hay un lado bueno, lo reconozco.

Como el papeleo nos sale tan caro, hemos aprendido a esquivar todo lo que trae más papeleo que valor. Menos programas, menos solicitudes por si acaso y menos cosas que parecen gratis.

El dinero de los clientes tiene muchas virtudes. Una de ellas es que llega sin formulario.

Un cliente paga una factura. Y ya está.

Nunca he tenido que justificar una cuota de mantenimiento por triplicado.

P. D.: Este artículo no ha requerido documentación adicional. Disfrútalo mientras dure.