ESCRITOS

Delegar no es soltar trabajo. Es soltar control

Creía que delegar era pasarle una tarea a alguien. Resulta que la tarea es lo fácil. Lo difícil es dejar de controlar cómo se hace.

Delegar es facilísimo.

Escribes un correo, adjuntas el encargo y le das a enviar. Listo. Treinta segundos.

Lo difícil empieza en el segundo treinta y uno.

Lo estoy aprendiendo por las malas. Durante mucho tiempo, Foxnice fuimos solo dos: Yeray y yo. El año pasado empezamos a encargar el diseño a gente de fuera. Este año, el plan es apoyarnos más en freelances también para programar. Sobre el papel, es lo lógico: tenemos más trabajo que manos.

En la práctica, me ha enseñado algo de mí que no me ha hecho ninguna gracia.

No me faltaba tiempo. Me faltaba confianza

Hice mi primera web con 12 años. Nadie me enseñó. Aprendí con cursos gratis por internet, de noche y solo.

Queda muy bonito contarlo. Pero también deja huella.

Cuando aprendes solo, te acostumbras a una cosa: si funciona, es porque lo has hecho tú. Si se rompe, también. No hay nadie más en la foto.

Así que, cuando encargo una tarea, mi cabeza no piensa «alguien me está ayudando». Piensa «algo de lo que soy responsable acaba de desaparecer de mi vista».

Y eso es lo que no cuentan los artículos de productividad. Delegar no te quita el trabajo. Te quita la visión sobre el trabajo. Las manos dejan de moverse, pero tu nombre sigue ahí.

Encargar una tarea cuesta treinta segundos. Soltar el control cuesta años.

Dos formas de hacerlo mal

Creo que casi todos los que dirigimos una empresa pequeña pasamos de un error al otro. Yo he cometido los dos.

El primero es fingir que delegas. Encargas la tarea y luego revisas cada paso, reescribes la mitad y acabas haciéndolo tú, solo que más tarde y más cabreado. Has pagado dos veces: una en dinero y otra en tiempo.

El segundo es delegar y desaparecer. Mandas el encargo, respiras y das por hecho que está resuelto. Llega la fecha de entrega y descubres que nunca acordasteis qué significaba «terminado».

Uno es control sin confianza. El otro, confianza sin control. Los dos parecen delegar, pero ninguno lo es.

Lo que estoy probando

No tengo un método. Tengo un par de costumbres que intento adquirir:

  • Decidir qué me importa antes de encargar nada: el resultado, el plazo y lo que toca el dinero de un cliente. Lo demás intento soltarlo.
  • Explicar en una frase qué significa «terminado». Si no sé decirlo, no estoy preparado para delegarlo.
  • Aceptar que no se hará a mi manera. A veces saldrá peor. Y a veces, aunque fastidie, saldrá mejor.

La tercera es la más difícil. No porque el trabajo sea malo, sino porque «distinto» se parece mucho a «mal» cuando llevas años siendo el único que lo tocaba todo.

Y esto importa más allá de mi ego. Crecemos con el dinero de los clientes, no con el de inversores. Eso significa ir despacio. Y si cada hora de la empresa tiene que pasar por mis manos, ir despacio se convierte en estar parados.

El motivo de hacerlo así siempre fue la libertad. Sería un poco ridículo montar una empresa para no tener jefe y acabar siendo el jefe sin cuyo permiso no se mueve nada.

Así que este año voy a delegar más trabajo.

Y, si sale bien, también un poquito de control.