Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →No es un plan con cifras y presentación. Es un rumbo: lo que no quiero, lo que sí quiero y por qué la ambición no tiene por qué medirse en tamaño.
Los planes a cinco años se me dan fatal.
Así que, cómo no, voy a hablar de diez.
Pero no de un plan. He aprendido a desconfiar de los planes con cifras exactas y presentación incluida. Lo que tengo se parece más a un rumbo: una lista de cosas que me gustaría que se cumplieran y otras cuantas que preferiría que no.
Empiezo por aquí, que es más fácil.
No quiero ser el más grande. Lo he dicho otras veces y lo seguiré diciendo: querer ser el más grande es la forma más rápida que conozco de perder la libertad. Cada vez que creces, aparece alguien a quien rendir cuentas, un gasto más que cubrir y un objetivo que no has elegido tú.
No quiero cuentas atrás. Ni rondas, ni inversores, ni una fecha de salida apuntada en la hoja de cálculo de otro. Si algún día Foxnice se vende, se fusiona o cierra, quiero que sea porque lo hemos decidido nosotros, no un calendario.
No quiero ser imprescindible. Durante mucho tiempo todo pasaba por mí. Parecía importante, pero en realidad era frágil. Una empresa que no funciona sin su fundador no es una empresa: es un trabajo con más papeleo.
Y no quiero dejar de aprender. El chaval que hizo su primera web a los doce años, de noche y con cursos gratis, sigue por ahí dentro. Si en estos diez años me convierto en alguien que solo gestiona, algo habrá ido mal.
Una empresa que funcione sin que yo tenga que vigilarla. No sin mí: sin que la vigile. Parece lo mismo, pero no lo es, y ahí está la clave.
Productos que sigan ganándose su sitio. Todos los que hemos hecho nacieron de un problema que ya habíamos resuelto varias veces para clientes. Quiero que los próximos salgan de ahí también, no de una moda ni de una idea apuntada en una servilleta.
Menos clientes, pero que encajen mejor. Pequeños negocios, clubes, gente cansada que solo necesita que las cosas funcionen. No me importa nada seguir trabajando para sectores que a nadie le parecen atractivos.
Yeray. Llevamos más de veinte años siendo amigos y socios. Si todo va bien, dentro de diez años serán más de treinta. No se me ocurre mejor plan de negocio.
Y tiempo. No necesariamente mucho tiempo libre, sino tiempo que decida yo. Una agenda con huecos, y que esos huecos sean míos.
No quiero que los próximos diez años sean más grandes que los últimos doce. Quiero que sean más míos.
A veces, cuando cuento esto, la gente da por hecho que he perdido la ambición.
No creo. Más bien la he cambiado de sitio.
Para mí, ser ambicioso es poder decir que no a cosas que dan dinero. Es construir algo que dure más que mis ganas de construirlo. Es tener, dentro de diez años, una empresa que siga siendo pequeña, rentable y libre, en un mundo que no deja de repetir a las empresas pequeñas que no cuentan.
No es un objetivo modesto. Es un objetivo cabezota.
¿Cómo serán entonces los próximos diez años? No lo sé exactamente. Y esa es precisamente la gracia.
Si lo supiera, ya se lo habría vendido a un inversor.
P. D.: Volveré a leer esto en 2036. Si para entonces he hecho un plan a diez años con presentación, que alguien me pare.