Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Antes pensaba que saber decir que no era cuestión de carácter: o lo tenías o no. Ahora creo que se parece más a un músculo. Y el mío empezó muy flojo.
Nadie nace sabiendo decir que no.
Hay quien empieza a practicar antes.
Yo empecé tarde.
Durante años pensé que decir que no era cuestión de personalidad. Hay gente que la tiene: te mira a los ojos, te dice «esto no es para nosotros» y duerme como un bebé. Y hay gente, como yo, que dice «déjame que lo mire» y se pasa tres días buscando la forma de que encaje.
Envidiaba a los primeros. Daba por hecho que estaban hechos de otra pasta.
Ya no lo creo. Creo que simplemente habían practicado más.
Decir que no es como ir al gimnasio. El primer día te duele todo y te sientes ridículo. Si sigues yendo, un día levantas algo que antes te parecía imposible y casi ni te das cuenta.
En parte, por cómo empezamos. Con 300 €, sin inversores y sin nadie a quien pedirle dinero, cada cliente importaba. Cualquier proyecto podía ser el que pagaba el mes. Decir que no parecía un lujo para quien tiene colchón.
Y en parte porque soy programador. Cuando alguien me pregunta «¿esto se puede hacer?», mi cabeza no entiende una pregunta sobre si deberíamos hacerlo. Entiende un rompecabezas técnico. Y, técnicamente, casi todo se puede hacer.
«¿Se puede hacer?» y «¿deberíamos hacerlo?» son preguntas distintas. Durante mucho tiempo solo contesté la primera.
Casi todo se puede hacer. Precisamente por eso hay que aprender a decir que no.
Sin ningún método. Solo unos cuantos hábitos que intento coger.
Empezar por lo pequeño. No todos los «noes» tienen que ser grandes decisiones. Rechazar una reunión que podría ser un correo. No contestar a medianoche. Decir «la semana que viene» en lugar de «hoy». Repeticiones pequeñas.
Separar la pregunta de la respuesta. Cuando llega algo, intento no contestar en el momento. Lo consulto con la almohada o lo hablo con Yeray. Casi todos mis peores «síes» fueron instantáneos.
Decirlo pronto. Un no al principio es una conversación. Un no a mitad de camino es un problema. Cuanto más espero, más caro nos sale a todos.
Explicar, no disculparse. «Esto no es algo que hagamos bien» es un motivo. «Lo siento muchísimo, es que…» es una confesión. Creo que los clientes respetan más lo primero.
No siempre lo consigo. Hay semanas en que el músculo está cansado y digo que sí a cosas de las que me acabaré arrepintiendo. Luego me doy cuenta y vuelvo a las repeticiones pequeñas.
Hay una cosa que no se arregla con fuerza de voluntad: el dinero.
Es mucho más fácil decir que no cuando el mes no depende de ese sí. Por eso me importan tanto las cuotas de mantenimiento y los clientes que se quedan. No son solo ingresos: son el suelo que pisas cuando rechazas algo.
Y es más fácil sin inversores. Nadie te pregunta por qué no cogiste el proyecto más grande.
Así que practicar es cosa mía. Pero el gimnasio lo paga el dinero de los clientes.
Todavía no soy de los que dicen que no y duermen como un bebé.
Pero duermo un poco mejor que antes. Y en eso se nota la práctica.
P. D.: Tuve la tentación de añadir un quinto hábito a la lista. No lo hice. Vamos mejorando.