ESCRITOS

Cada problema que resolví dos veces era un producto que no quería ver

La primera vez que resuelves un problema, eres un profesional. La tercera, deberías preguntarte por qué lo sigues tratando como algo único.

La primera vez que resuelves un problema, eres un profesional.

La segunda, eres un profesional con un déjà vu.

La tercera, deberías empezar a hacerte preguntas.

Yo tardé años en hacérmelas.

Cuando diriges una agencia, cada encargo llega disfrazado de algo único. Un cliente nuevo, un logo nuevo, una fecha de entrega nueva. Así que lo tratas como algo único: abres un proyecto en blanco, lo construyes, lo facturas y a por el siguiente.

Y unos meses después, otro cliente te pide lo mismo con otros colores.

Y lo vuelves a construir.

El disfraz te engaña a ti primero

El truco es que los clientes nunca describen el problema. Describen su versión del problema.

Una casa rural no te pide «un sistema de reservas». Te pregunta cómo pueden ver sus huéspedes si la habitación está libre en mayo. Un club deportivo no te pide «cobros recurrentes». Te pregunta cómo dejar de perseguir a las familias cada mes.

Palabras distintas. El mismo dolor.

En 2020 trabajamos con los dos tipos de cliente: turismo rural y los primeros cobros para clubes. Eso ya lo he contado. Lo que no conté es la parte incómoda: llevaba mucho tiempo resolviendo variaciones de los mismos cuatro problemas y tratando cada una como si fuera una primera cita.

Un problema que resuelves dos veces es una casualidad. Uno que resuelves tres veces es un producto que todavía no te has atrevido a reconocer.

Por qué miraba hacia otro lado

Podría echarle la culpa a la falta de tiempo. Sería verdad a medias.

La otra mitad es que los proyectos son cómodos. Un proyecto tiene principio y final, un cliente que te dice lo que quiere y una factura con fecha.

Un producto no tiene nada de eso. Nadie te dice cuándo está terminado. Nadie te paga la primera versión. Te juegas horas que podrías haber facturado en algo que quizá nunca se venda.

Para dos personas sin inversores y sin red, esa apuesta parece cara. Así que sigues facturando. Es lo sensato.

Hasta que te das cuenta de que lo sensato te tiene montando el mismo calendario una vez más.

Qué cambia este año

Nada espectacular. Ni un cambio de modelo, ni un lanzamiento, ni una nota de prensa que no leería nadie.

Solo una costumbre. Antes de empezar cualquier encargo, me hago una pregunta: ¿esto ya lo he hecho antes?

Si la respuesta es no, es un proyecto. Perfecto.

Si la respuesta es sí, quizá siga siendo un proyecto, pero lo construyo para poder reutilizarlo. Menos piezas hechas a medida y más piezas que se puedan llevar a otro sitio.

Y si la respuesta es «sí, varias veces», va a una lista. No a un plan, sino a una lista de problemas que vuelven. Y me da la impresión de que esa lista vale más que cualquier idea que se me pueda ocurrir a mí solo.

Los servicios siguen pagando las facturas. Eso no cambia. Lo que cambia es que algunas de esas horas facturadas empiezan a construir algo que es nuestro.

Seguimos sin prisas. Solo que con un poco menos de paciencia.

Antes pensaba que el déjà vu era señal de que estaba ganando experiencia.

Y resulta que era señal de que me pagaban por no ver lo evidente.

P. D.: Si eres cliente y crees que tu encargo es único, puede que lo sea. Pero me voy a hacer la pregunta igualmente.