La newsletter: solo cuando hay algo que contar
Tengo una regla para la newsletter: si no se lo contaría a un amigo, no sale. Por eso algunos meses no sale.
Leer más →Tenía una idea, alguien con ganas de trabajarla y los conocimientos para programarla. Así que, como es lógico, decidí no programarla. Todavía no.
Tenía una idea, alguien con ganas de trabajarla y los conocimientos para programarla.
Así que, como es lógico, decidí no programarla.
Al menos, todavía no. No hasta que entre 10 y 15 personas de cada lado me dijeran que merecía la pena.
La idea era una app de pedidos para comercios locales: los clientes miran, los comercios reciben pedidos y todo el mundo se ahorra un viaje. Unos días antes, una colaboradora me había mandado un primer resumen. Estaba bien. Le devolví una versión más sencilla, un boceto de la pantalla y, sobre todo, una lista de cosas que había que hacer antes de que nadie abriera un editor de código.
Primero, un poco de material para explicarla: una presentación corta y un folleto. Cómo funciona, y sin precios, para que la gente reaccionara a la idea y no a una cifra.
Después, dos encuestas. Una para los comercios y otra para la gente que compraría a través de la plataforma.
Preguntar a entre 10 y 15 personas de cada grupo. Leer las respuestas con sinceridad. Si decían que no, pararíamos o cambiaríamos de rumbo. Hasta teníamos un plan B en el cajón, por si el primero no se sostenía.
Solo si las respuestas eran buenas empezaría a programar. También propuse cómo repartirnos el trabajo: el material, las encuestas y salir a preguntar.
Este plan no era sabiduría. Era miedo a un error que ya conocía.
Me gano la vida haciendo webs y herramientas. Construir es la parte que disfruto. Y también es la parte donde me puedo esconder.
Cuando programas, te sientes productivo. Cada pantalla terminada parece un avance, igual que una mesa ordenada parece trabajo. Pero una pantalla terminada no te dice nada sobre si alguien la va a usar. Ni sobre si alguien la va a pagar.
El código es la forma más cara de descubrir que nadie quiere tu idea.
Por eso las encuestas solo tenían dos objetivos.
¿La usarían de verdad las dos partes? Tanto el comercio como el cliente tienen que cambiar un hábito. Si solo lo quiere uno, no hay producto. Hay una pantalla muy bonita.
¿Y alguien pagaría? Que te guste una idea no cuesta nada. Pagar por ella es el único voto que cuenta.
Todo lo demás (los colores, las funciones, el nombre) puede esperar. El nombre, sobre todo. Me temo que han muerto más proyectos discutiendo el nombre que el precio.
Entre diez y quince personas no es una estadística. Pero basta para oír la misma objeción tres veces. Y el momento de decidir qué cuenta como un «no» es antes de leer las respuestas, no después. Si no, acabarás leyendo en ellas lo que quieras leer.
Saltarse todo esto parece más rápido. Llegas antes a la parte divertida.
Pero a nosotros no nos financia nadie. Empezamos Foxnice con 300 €, y cada producto que construimos lo pagan los proyectos para clientes. Cada hora dedicada a un producto propio es una hora que no ha pagado ningún cliente.
Ese dinero no tiene prisa, pero tampoco es infinito.
Una semana de encuestas no cuesta casi nada. Tres meses construyendo lo que no toca cuestan una temporada entera de horas de clientes. Y cuando has preguntado primero, empiezas a construir con sus palabras en la cabeza, no solo con las tuyas.
Podría haber empezado a programar ese mismo día.
En lugar de eso, voy a pasar las próximas semanas preguntando. Si la respuesta es no, habré perdido unas cuantas conversaciones, no un producto.
P. D.: Que conste que el editor sigue cerrado. Me está costando la vida.