Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →A todo el mundo le gusta hablar del largo plazo. A nadie le gusta hablar de lo que cuesta un martes por la tarde.
Pensar a largo plazo es gratis.
Actuar a largo plazo, no.
La factura llega cada día, en cantidades pequeñas, y siempre hay que pagarla hoy.
Me gusta el largo plazo. Hablo de él todo el rato: crecer sin inversores, productos que crecen despacio, una empresa que no necesita a nadie porque puede esperar.
Dicho en una frase, todo suena muy sabio.
El problema es que el largo plazo nunca se presenta como una gran decisión. Se presenta un martes por la tarde. Un cliente que pide algo pequeño que no estaba previsto. Una hora que podrías dedicar al producto o a un encargo rápido que cobras este mes. Un atajo que hoy te ahorra un día y la semana que viene te cuesta cinco.
Nadie ve esas decisiones. Nadie anuncia «hoy no he cogido el atajo». Pero es ahí donde se decide de verdad el largo plazo: una decisión aburrida detrás de otra.
El largo plazo no es una estrategia. Es lo que queda después de mil decisiones de corto plazo que no has estropeado.
No hablo de levantarse a las cinco ni de ducharse con agua fría. No he probado ninguna de las dos cosas y no tengo prisa.
Hablo de algo mucho más soso: cumplir las normas que pusimos por escrito, sobre todo cuando sería más fácil saltárselas.
El soporte no incluye desarrollo, aunque la petición sea mínima y el cliente sea encantador. Las horas de servicios pagan el producto, así que cada hora que dedicamos a un cliente tiene que merecer la pena. No hacemos descuentos, salvo en las rarísimas ocasiones en que lo tenemos muy claro. Y cuando decidimos especializarnos en mantenimiento de WordPress, tuvimos que decir que no a trabajos que estaban muy bien, pero que no eran los nuestros.
Ninguna de estas cosas cuesta una sola vez. Todas cuestan cada semana.
Una empresa con inversores tiene disciplina impuesta desde fuera. Alguien revisa los números cada trimestre. Hay objetivos, informes y un consejo. Es una cuenta atrás, pero al menos la controla otro.
Nosotros no tenemos nada de eso. Nadie nos va a avisar de que nos hemos desviado. Nadie se va a dar cuenta si pasamos seis meses haciendo cosas que dan dinero hoy y no construyen nada para mañana. Nadie salvo nosotros, y tarde.
Ese es el precio oculto de la libertad. No tienes jefe, así que te toca serlo tú. De ti mismo. Incluso los días que no te apetece.
No siempre lo hago bien. He mandado muchos correos de madrugada que alguien disciplinado no habría escrito. Ahí es donde ayuda tener socio. Yeray hace de contrapeso: es el que pregunta si estamos cumpliendo la norma o si simplemente nos hemos cansado de ella. La disciplina es más fácil cuando sois dos y no estáis cansados a la vez.
Después de más de diez años de Foxnice, he visto que la recompensa de la disciplina diaria tampoco es nada espectacular.
Es un producto que sigue en pie. Clientes que se quedan porque las cosas funcionan. Normas que te ahorran tener la misma discusión por centésima vez. Una empresa que puede esperar porque no se ha gastado la paciencia en atajos.
No da para un gran titular.
Da para un buen martes.
P. D.: Si algún día me oyes decir «es solo una pequeña excepción», recuérdame este artículo. Con cariño, a poder ser.