Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Todos los programadores tenemos una vocecita que dice «eso lo hago yo». Casi siempre tiene razón. Precisamente por eso no debería ser ella la que decida.
Todos los programadores sufrimos la misma enfermedad.
Ves una herramienta que hace algo y una vocecita te dice: «Eso lo hago yo».
Y casi siempre tiene razón. Ahí está el problema.
Esa voz me acompaña desde los doce años. Así aprendí: con cursos gratis por internet, de noche, desmontando cosas para ver cómo funcionaban, volviendo a montarlas mal y después un poco menos mal.
Para aprender, es una voz maravillosa. Para dirigir una empresa, es pésima.
Porque saber hacer algo no significa que debas hacerlo. Una empresa pequeña y sin inversores tiene las horas contadas, y cada una la ha pagado un cliente. Cada hora que dedico a rehacer algo que ya existe es una hora que no dedico a lo que solo podemos hacer nosotros.
Durante años no lo vi así. Veía una función que faltaba y pensaba en un fin de semana. No pensaba en los cinco años siguientes manteniéndola.
Construir algo lo decides una vez. Mantenerlo lo decides cada mes.
No quiero parecer un converso. Hoy lo que se lleva es decir «no construyas nunca, intégralo todo». Conectas un servicio, enchufas una API y listo.
Muy bonito, hasta que ese servicio cambia los precios, las condiciones o simplemente de idea. Entonces tu producto es un invitado en casa ajena, y el casero acaba de cambiar la cerradura.
Nosotros hemos tomado decisiones en los dos sentidos. Hay cosas que hemos querido tener bajo control, como el servidor donde funciona nuestro producto, porque ahí está nuestra responsabilidad con los clientes. Y hay otras que sería absurdo hacer nosotros, porque otros las hacen mejor y no tienen nada que ver con lo que vendemos.
No creo que exista una regla. Lo que sí hay es una pregunta.
Es más o menos esta: si esto se rompe a medianoche, ¿de quién es el problema de verdad?
Si la respuesta es «nuestro, y nuestros clientes no nos lo perdonarían», probablemente tiene que ser nuestro. Tenemos que entenderlo, controlarlo y poder arreglarlo a cualquier hora.
Si la respuesta es «de otro, que además lo hace mejor de lo que lo haremos nunca», toca integrarlo, probarlo bien antes y dejar de fingir que hay que reinventarlo.
No es ninguna metodología. Es lo mismo que hago con el dinero: lo meto en cosas que sé explicar. Y nuestras horas, en cosas que podemos defender.
Y ahora esto importa más que hace unos años. Construir software es cada vez más barato, así que esa voz va a tener razón cada vez más a menudo. Y va a hablar cada vez más alto.
No quiero una empresa que construya todo lo que puede.
Quiero una que elija qué merece la pena mantener.
La voz sigue ahí, por cierto. Solo que ya no la dejo decidir después de cenar.
P. D.: Sí, sigo desmontando cosas para ver cómo funcionan. Lo que ya no hago es ponerlas en producción.