Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Durante casi diez años he dirigido Foxnice con normas que solo existían en mi cabeza. Antes de convertirnos en SL, me pareció buena idea escribirlas. Incluidas las que me he saltado.
Llevo casi diez años dirigiendo una empresa con unas normas que nadie ha leído nunca.
Ni siquiera yo.
Estaban en mi cabeza, que es un sitio fatal para guardar nada importante.
Estamos en pleno paso de Foxnice a sociedad limitada. Muchísimo papeleo sobre lo que es la empresa y muy poco sobre cómo se comporta.
Y me di cuenta de que las normas más importantes de Foxnice no están en ningún documento. Están en decisiones, en cosas a las que dijimos que no y en correos enviados a horas raras.
Así que aquí van. No es ningún método. Es solo lo que hago de verdad, casi siempre.
El dinero de los clientes no tiene prisa. El de los inversores viene con cuenta atrás. Así que crecemos con lo que nos pagan los clientes, y ese es el ritmo que nos toca.
Tu mejor inversor es un cliente que paga a 30 días. Sin presentaciones, sin consejo y sin ceder participaciones. Paga por algo útil, y ese dinero financia lo siguiente que construimos.
Cada descuento vuelve en forma de trabajo extra. Por lo que he visto, un cliente al que le bajas el precio rara vez te pide menos trabajo. Normalmente te pide más. Así que no hacemos descuentos.
(Esta me la he saltado. Y lo defendería. Pero una norma que te saltas hay que escribirla todavía más, aunque solo sea para saber que te la estás saltando).
Los productos nacen de problemas repetidos, no de servilletas. Si varios clientes nos piden lo mismo, quizá ahí haya un producto. Si he tenido una idea brillante en la ducha, probablemente solo era una ducha.
Si no tiene responsable, no debería existir. Un servidor, una web de pruebas, una cuenta olvidada. Cada cosa lleva un nombre al lado o se borra. Esta la aprendimos por las malas.
Las decisiones importantes, entre los dos. Yo soy el que va rápido. Yeray es el que pregunta si debemos. Todo lo que afecta a un cliente pasa por los dos, aunque yo lo tenga clarísimo. Sobre todo si lo tengo clarísimo.
Libertad antes que tamaño. No intentamos ser los más grandes. Cada decisión pasa por una pregunta: ¿esto nos hace más libres o solo más grandes?
Una norma que solo vive en tu cabeza no es una norma. Es un estado de ánimo.
Me sorprendieron dos cosas.
La primera, que son pocas. Esperaba veinte y son siete. Y todas vuelven a la misma idea: que nadie más controle el reloj.
La segunda, cuántas veces no las cumplo. Escribirlas es un poco como subirte a la báscula después de las vacaciones. Ya lo sabías, pero no habías visto el número.
No las voy a enmarcar. Cambiarán. Alguna probablemente resultará equivocada, y lo descubriré como lo descubro todo: saltándomela y pagándolo.
Pero, al menos ahora, cuando pase, habrá algo escrito que tachar.
Durante casi diez años, las normas estuvieron en mi cabeza.
Ahora están en un artículo. Un poco más a la vista, y un poco más difícil fingir que nunca las tuve.
P. D.: Siete normas, y una ya lleva nota al pie. Yo a eso lo llamo sinceridad, no mal comienzo.