ESCRITOS

La soledad de ser el único que sabe cómo funciona todo

Ser el único que entiende cómo funciona todo parece poder durante una semana. Después, se parece a ser el único con las llaves de un edificio donde siempre está pitando algo.

Ser imprescindible sienta de maravilla.

Durante una semana.

Después se parece a ser el único con las llaves de un edificio donde siempre está pitando algo.

Así es ser el fundador técnico de una empresa pequeña. Lo construiste tú y sabes dónde está todo. Por qué ese servidor está configurado así. Por qué ese plugin todavía no se puede actualizar. Por qué la web de ese cliente se rompe si tocas la tercera línea de un archivo que nadie más ha abierto nunca.

Todo eso está en un único sitio.

Tu cabeza.

La soledad de la que nadie habla

Cuando se habla de la soledad del fundador, normalmente se habla de las grandes decisiones: contratar, despedir, el dinero.

Ahí tengo suerte. Tengo a Yeray. Somos amigos desde mucho antes de ser socios, y en las decisiones importantes nunca estoy solo.

La soledad a la que me refiero es más pequeña y más tozuda. Es técnica. Es saber que si algo se rompe a las once de la noche, hay exactamente una persona capaz de entender por qué. Y esa persona va a tener que volver a ponerse los zapatos.

No es dramático. Nadie le escribe canciones. Simplemente está ahí, como un móvil que nunca consigues silenciar del todo.

Lo peor de ser el único que sabe cómo funciona todo no es el trabajo. Es que nunca puedes salir del todo de la habitación.

Cómo acabas así

Nadie lo planea. Pasa atajo a atajo.

Es más rápido arreglarlo tú que explicarlo, así que lo arreglas tú. Es más rápido acordarte que apuntarlo, así que te acuerdas. Cada una de esas decisiones es razonable. Pero juntas construyen una empresa que solo funciona cuando tú estás despierto.

Y hay un motivo menos favorecedor que, ya puestos, reconozco: ser el único que sabe sienta bien. Te hace necesario. Y para alguien que lo aprendió todo solo y de noche, sentirse necesario se parece mucho a sentirse valioso.

Eso es una trampa. Cómoda y con cojines bonitos, pero una trampa.

Lo que estoy probando

Este año hemos empezado a delegar cosas que antes hacía yo, como el diseño. Es un paso pequeño, pero me enseñó algo: lo difícil no era soltar el trabajo, sino explicarlo.

Porque para explicar algo tienes que sacarlo de tu cabeza. Y en cuanto sale de tu cabeza, ya no es solo tuyo.

Así que el plan no es nada heroico. Es aburrido: escribir las cosas. Por qué ese servidor está montado así. Por qué ese plugin tiene que esperar. Dónde están las cosas raras. No para un equipo futuro que todavía no tengo, sino para la versión de mí que se olvidará, y para quien algún día tenga que coger el teléfono en mi lugar.

Me temo que llevará años. Casi todo lo que se sabe en una empresa pequeña no está en documentos, sino en costumbres.

Pero cada página que escribo es una habitación de la que puedo salir.

Ser imprescindible parecía poder.

Y resulta que solo era una forma muy respetable de no desconectar nunca.

P. D.: Si trabajas conmigo y alguna vez te has preguntado por qué contesto tan rápido de noche, este artículo es la respuesta. No te lo tomes como una invitación.