Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Sin inversores, nadie me dice qué tengo que hacer. Suena de maravilla. El problema es que tampoco nadie me dice qué no hacer.
Nadie me dice qué tengo que hacer.
Es lo mejor de dirigir una empresa sin inversores.
Y también lo peor.
Cuando tienes inversores, hay alguien más que te ayuda a decidir qué es importante. Hay un plan, unos objetivos y una reunión del consejo donde alguien te pregunta por qué te has pasado tres meses con algo que no estaba previsto.
Nosotros nunca hemos tenido eso. Foxnice arrancó en 2014 con 300 € y desde entonces ha crecido con el dinero de los clientes. En nuestra mesa solo nos sentamos Yeray y yo.
Esa libertad es real, y no la cambiaría por nada.
Pero tiene un efecto secundario curioso: todo parece posible. Un producto nuevo, un sector nuevo, un servicio que ha pedido un cliente, una herramienta que vale la pena probar… Si nadie dice que no, todas las opciones aparecen en la carta igual de apetecibles.
Y la carta no lleva precios.
La cuenta llega después. Y no se paga en dinero, sino en foco.
Los inversores te cobran en participaciones. La libertad te cobra en atención. Las dos facturas son reales.
Este año hemos probado cosas nuevas para conseguir clientes, hemos cambiado nuestra forma de trabajar, hemos convertido en producto lo que antes hacíamos a medida y hemos llevado PagoCRM a otro sector. Y encima, ahora todo el mundo habla de Verifactu.
Cada una de esas decisiones tenía sentido por separado. Defendería casi todas.
Pero júntalas y verás el problema. Una empresa pequeña tiene una cantidad limitada de atención, y cada cosa nueva se lleva un trozo. Como nadie te pasa la factura, es facilísimo gastar de más.
Creo que ese es el verdadero riesgo de las empresas sin inversores. No quedarse sin dinero, sino quedarse sin foco aunque todavía haya dinero.
Así que intento pagar ese precio de forma consciente, en vez de dejar que se acumule.
Sobre todo, eso significa decir que no más de lo que me gustaría. No a buenas ideas que no tocan ahora. No a clientes que nos llevarían adonde no queremos ir. No a la vocecita que dice «solo es una semana».
Nunca es solo una semana.
También significa aceptar que iremos más despacio que una empresa con financiación. El trabajo para clientes paga el producto, pero también se come las horas que el producto necesita. Ese es el trato: más lentos, pero con derecho a equivocarnos sin dar explicaciones a nadie.
Con ir despacio ya he hecho las paces. Con ir disperso, no. Despacio y centrado se construye algo. Rápido y disperso solo se hace ruido.
Alguien podría leer esto y pensar que la solución es buscar inversores y que sean otros quienes impongan la disciplina.
No lo creo. Prefiero aprender a centrarme que alquilar el foco. La disciplina alquilada viene con cuenta atrás, y la cuenta atrás siempre gana. La que aprendes por tu cuenta cuesta más, pero es tuya.
Perseguir el tamaño te cuesta la libertad. Perseguirlo todo te la cuesta todavía más rápido.
Nadie me dice qué tengo que hacer.
Así que me toca a mí decirme qué no hacer.
P. D.: Yeray, si estás leyendo esto: sí, ya lo sé. Lo he escrito sobre todo para mí.