ESCRITOS

En mi casa nadie tenía una empresa, así que aprendí de noche

Hice mi primera web a los 12 años, con cursos gratis y sin nadie a quien preguntar. Aprender sin referentes es más lento, pero te enseña a seguir adelante sin que nadie te diga que vas bien.

Hice mi primera web a los 12 años.

Nadie me la había pedido y nadie me la iba a pagar.

Te cuento.

En mi casa nadie tenía una empresa. En la cena nadie hablaba de facturas, ni de márgenes, ni de clientes que pagan tarde. No porque fuera un secreto, sino porque, simplemente, no formaba parte de nuestra vida.

Así que cuando me entró la curiosidad por saber cómo se hacían las webs, no tenía a quién preguntar. Ni un tío informático ni un vecino con una agencia. Solo un ordenador, una conexión a internet y muchas noches.

Aprendí con cursos gratis por internet. Sobre todo, con los de Jesús Conde. Si aprendiste a programar en español por aquella época, seguro que te suena. Si no, imagina a un señor con muchísima paciencia explicando cosas en vídeo a miles de personas a las que nunca iba a conocer. Una de ellas era yo.

De noche. Porque el día era para el instituto y la noche, para lo que de verdad me interesaba.

Aprender sin nadie a quien imitar

Se habla mucho de tener referentes. Búscate un mentor. Rodéate de gente que ya lo haya hecho.

Es un buen consejo. Cuando los tienes.

Cuando no, aprendes de otra manera. Más despacio, creo. Cometes errores que alguien te habría ahorrado en treinta segundos. Reinventas la rueda. Te pasas una tarde entera con algo que, resulta, ya tenía un botón.

Pero también aprendes algo que nadie te puede enseñar: a seguir adelante sin que nadie te diga que vas bien.

Cuando nadie te enseña el camino, te vuelves muy bueno en no necesitar que te lo enseñen.

Esa costumbre me ha servido más que cualquier conocimiento técnico. Los lenguajes cambian y las herramientas van y vienen. Pero la costumbre de sentarte de noche con un problema y no levantarte hasta que tiene sentido se queda.

La parte que nadie cuenta

Ahora, la parte sincera.

Aprender solo también te deja puntos ciegos. Sabía hacer cosas, pero nadie me enseñó a ponerles precio, a decir que no, a leer un contrato o qué es una empresa más allá de «alguien te paga por algo».

Eso llegó después. También solo. Y también, muchas veces, de noche.

Y me imagino que por eso, años después, cuando Yeray y yo arrancamos Foxnice con 300 euros y sin dinero de nadie, no me pareció un salto tan grande. No teníamos inversores a los que pedir ni contactos a los que llamar. Pero es que nunca los había tenido. Era lo mismo que a los 12, pero con facturas.

No lo estoy idealizando. Si hubiera tenido a alguien a quien preguntar, habría preguntado. Muchas veces.

Pero he dejado de verlo como una desventaja. Es, sencillamente, como aprendí. Y como aprendí es, más o menos, como sigo trabajando: un problema, una pantalla y nadie esperando para darme el visto bueno.

Así que si estás leyendo esto a la una de la madrugada, con un tutorial abierto y nadie a tu alrededor que entienda lo que haces: bien. Sigue.

Tu primera web no será buena. La de nadie lo es.

A mí, a los 12, tampoco me la había pedido nadie. Y sigue siendo mi forma favorita de empezar.

P. D.: Si te preguntas si aquella primera web sigue colgada en algún sitio, espero de corazón que no.