Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →El país se está cerrando y todo el mundo quiere decidir algo ya. El miedo da respuestas muy rápidas, pero casi ninguna buena. Por qué una empresa sin inversores ni cuentas atrás puede permitirse esperar un día.
Yo ya tengo socio.
No necesito otro. Y menos este.
Esta semana el país se está cerrando. Todo el mundo está en casa mirando las noticias y actualizándolas una y otra vez, como si eso cambiara algo. Y en cada empresa pequeña que conozco hay alguien pensando lo mismo: tengo que decidir algo. Ya.
Recortar. Cancelar. Congelar. Pánico con buenos modales.
Lo entiendo. Yo también lo siento. Pero me he dado cuenta de algo sobre esa sensación.
El miedo da respuestas muy rápidas.
Y casi ninguna es buena.
Imagina que el miedo fuera tu socio. ¿Cómo sería?
Querría decidirlo todo hoy. Nunca consultaría nada con la almohada. Leería un titular y rehacería todo el plan. Diría que sí al primer mal acuerdo porque «algo es algo». Y diría que no a todo lo demás, por si acaso.
Nadie elegiría a un socio así. Y aun así, en semanas como esta, muchos lo dejamos sentarse a la mesa.
Yo ya tengo socio: Yeray. Y parte de su papel, tal como yo lo veo, es hacer de contrapeso. Cuando yo acelero, él suele frenar. Es molesto. Pero también es, creo, parte de la razón por la que seguimos aquí.
El miedo siempre quiere una respuesta hoy. Casi nada importante la necesita.
Así que mi norma para estas semanas es sencilla: si una decisión puede esperar un día, espera un día. Incluso ahora. Sobre todo ahora.
Y ahora viene la parte menos obvia.
Poder esperar un día no es solo cuestión de carácter. Es cuestión de a quién le debes explicaciones.
No tenemos inversores. Nadie espera que este trimestre crezcamos según una gráfica. Nadie nos va a llamar para preguntarnos cómo vamos a cumplir el plan.
No hay ningún plan que cumplir. Hay clientes que cuidar.
El dinero de los clientes no tiene prisa. Llega mes a mes, a cambio de trabajo, y no viene con una fecha límite pegada. El dinero de los inversores, en cambio, viene con cronómetro.
Y en una semana como esta, me imagino que las empresas con más miedo son las que oyen ese tictac. No porque sean peores, sino porque alguien está esperando unos números que ahora mismo nadie puede prometer.
Somos pequeños. Somos dos. En tiempos normales, eso suena a debilidad. Esta semana suena a poder respirar.
Nada heroico.
Contestar a los clientes. Preguntarles qué necesitan en lugar de intentar adivinarlo. No hacer recortes de los que me arrepentiría en mayo. No firmar nada solo porque me hace sentir ocupado.
Eso no significa que nos vaya a ir bien. No lo sé. Nadie lo sabe. Y quien diga que lo sabe, o está vendiendo algo o tiene miedo.
Pero prefiero equivocarme despacio que equivocarme en pleno pánico.
Yo ya tengo socio. Y uno tranquilo.
El miedo, que espere fuera.
P. D.: Si estás leyendo esto con prisa, ciérralo. Mañana seguirá aquí.