Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Empezamos en 2014 con 300 euros y desde entonces no hemos aceptado dinero de nadie. Eso no nos ha dado más tiempo: nos ha dado la libertad de decidir a qué lo dedicamos.
Hace doce años teníamos 300 euros.
Desde entonces, en la empresa no ha entrado ni un euro que no fuera nuestro o de nuestros clientes.
Y no lo digo para colgarme ninguna medalla. En 2014 nadie hacía cola para darnos dinero a Yeray y a mí. No teníamos contactos ni a quién pedírselo. Lo del «dinero paciente» todavía no era una filosofía: era el único dinero que había.
La filosofía llegó después, a fuerza de ver lo que el otro dinero les hace a las empresas.
Mucha gente piensa que no depender de inversores te da tiempo. No es eso. El día tiene 24 horas para todos.
Lo que te da es poder decidir tú a qué dedicas esas horas.
Una ronda no te regala tiempo: te pone una cuenta atrás. A partir de ese día, cada mes tiene un objetivo, y no lo marcan tus clientes, sino alguien que necesita recuperar su inversión en un número concreto de años.
El dinero de los clientes no viene con cuenta atrás. Viene con un compromiso, que no es lo mismo. El compromiso dice «haz lo que prometiste». La cuenta atrás dice «crece como sea». Con lo primero se puede vivir. Lo segundo se ha llevado por delante más de una empresa que estaba perfectamente sana.
No depender de nadie no te hace ir más rápido. Te deja equivocarte sin pedir permiso.
En doce años nos hemos equivocado muchas veces. Hemos probado cosas que no han funcionado, hemos dicho que sí cuando tocaba decir que no y hemos cogido desvíos que parecían atajos. Pero cada error era nuestro: nos tocaba cometerlo y nos tocaba arreglarlo. No hubo consejo de administración ni presentación para justificarnos.
Eso es lo que nos ha dado la paciencia. No el éxito, sino el derecho a aprender a nuestro ritmo.
Mentiría si dijera que sale gratis.
Es lento. Los productos que se financian con clientes de servicios tardan más en salir, porque cada hora que dedicas a un cliente es una hora que no dedicas al producto. PagoCRM, Foxnice Booking y Foxnice Restaurant crecieron en los huecos entre proyecto y proyecto. Un competidor con inversores habría ido más rápido con cualquiera de ellos.
No tiene ningún glamur. Para el mundo startup, una empresa pequeña y rentable no existe. Nadie escribe sobre ti. No hay nota de prensa ni foto con un cheque gigante. Solo facturas cobradas a 30 días, que, por cierto, son el mejor inversor que he tenido nunca.
Y a veces te sientes solo. No hay nadie a quien echarle la culpa. Cuando algo sale mal, te toca mirarte al espejo.
Sin dudarlo. No porque sea el modelo que le va bien a todo el mundo: hay ideas que necesitan mucho dinero antes de facturar un euro. La nuestra nunca lo necesitó.
Lo que necesitábamos eran clientes con problemas por los que estuvieran dispuestos a pagar, y paciencia para convertir en producto los problemas que ya habíamos resuelto dos veces. Esa es toda la receta. No tiene ningún secreto; simplemente es tan lenta que casi nadie se anima.
En doce años, la empresa ha tenido tres formas jurídicas, ha tenido oficina y ha dejado de tenerla, y uno de sus fundadores trabaja desde otra zona horaria. Lo único que no ha cambiado es a quién le rinde cuentas.
A sus clientes. Y a nosotros dos.
No está mal para haber empezado con 300 euros.
P. D.: No sé qué fue exactamente de aquellos 300 euros. Me gusta pensar que siguen ahí dentro, trabajando.