ESCRITOS

Dirigir una empresa a 10.000 kilómetros

A los servidores les da igual dónde estés. Al reloj, no. Qué cambia y qué no cuando diriges desde Tailandia una empresa de Girona.

Diez mil kilómetros parecen muchos.

Para un servidor, son una minucia.

Es lo primero que aprendes cuando diriges desde Tailandia una empresa con los clientes en Cataluña. Las webs no saben dónde estás. Las reservas tampoco. Las cuotas de los clubes se cobran el día que toca, esté yo donde esté.

El que sí sabe dónde estoy es el reloj.

Lo que cambia

Tailandia va varias horas por delante de España. Parece un detalle, pero no lo es.

Cuando empiezo el día, en Girona todavía están durmiendo. Cuando en Girona empieza el lío de la tarde, yo ya estoy terminando. Las horas en las que coincidimos son pocas y valen oro, así que no puedo gastarlas en cosas que se podían haber resuelto con un correo.

Eso me ha cambiado la forma de trabajar más que cualquier herramienta.

Antes, si algo no estaba claro, preguntaba y en dos minutos tenía la respuesta. Ahora una pregunta mal hecha puede costar medio día. Así que he tenido que aprender a explicar bien las cosas a la primera: quién, qué, para cuándo y qué significa exactamente «hecho».

Es una buena cura de humildad. Creía que me explicaba bien. La distancia me ha enseñado que solo me explicaba bien en persona.

La distancia no crea problemas en una empresa. Solo deja de esconder los que ya tenías.

La otra cosa que cambia es mi papel. Cuando estás en la oficina, es fácil acabar siendo la persona por la que pasa todo. Yo lo he sido en mi propia empresa más tiempo del que me gustaría. A 10.000 kilómetros, ser el cuello de botella no es una mala costumbre: es tener una empresa rota.

Así que las cosas tienen que funcionar sin que yo esté mirando. No porque lo diga un libro, sino porque la alternativa es contestar a deshoras todos los días, para siempre.

Lo que no cambia

La responsabilidad.

Es lo que la gente no entiende cuando oye «trabajar desde Tailandia». Se imaginan un portátil en la playa. En la práctica, a un cliente de Girona le da igual en qué país estoy. Lo que le importa es que su web funcione y que alguien le conteste.

Si algo se rompe, sigue siendo cosa nuestra. Si prometí algo, sigue siendo cosa mía. La distancia cambia la hora a la que te enteras del problema, no de quién es.

Yeray tampoco cambia. Llevamos más de veinte años confiando el uno en el otro, y eso es lo que hace que esto sea posible. No puedes dirigir una empresa desde lejos con un socio al que tienes que vigilar. Sí puedes hacerlo con uno en quien confías para que te diga cuándo te equivocas.

Y el modelo tampoco cambia. Foxnice siempre ha sido una empresa pequeña, sin inversores y pagada por sus clientes. Justo el tipo de empresa que se puede llevar desde cualquier sitio. Nadie me necesita en una sala de reuniones para justificar una valoración.

Un consejo para quien se lo esté planteando

No lo hagas para huir de tu empresa. Se viene contigo, entera.

Hazlo si estás dispuesto a dejarlo todo por escrito, a dejar de ser el héroe que apaga todos los incendios y a aceptar que muchas veces tus mejores horas serán aquellas en las que nadie más está despierto.

Diez mil kilómetros es mucha distancia.

Pero es menos que la que hay entre una empresa que depende de ti y una que no.

P. D.: No, no voy a colgar una foto de las vistas. Mis vistas son una hoja de cálculo.