ESCRITOS

Dejé de esperar permiso

Nadie me dio nunca permiso para empezar. Ni una subvención, ni un inversor, ni un mentor. Tardé años en darme cuenta de que eso era una ventaja y no una desventaja.

Nadie me dio nunca permiso para empezar.

Durante mucho tiempo pensé que ese era el problema.

Ahora creo que es lo mejor que me ha pasado.

El sí que nunca llega

En mi familia nadie tenía una empresa. No había a quién preguntar cómo se hacía, ni nadie que me prestara dinero, ni contactos que pudieran hacerlo.

Así que hice lo que haces a los doce años cuando nadie mira: mi primera web. Con cursos gratis por internet, de noche y solo.

Nadie la aprobó ni le puso nota. Funcionaba o no funcionaba.

Años después, en la primavera de 2013, me di de alta como autónomo en Olot. Ni siquiera tenía nombre comercial. En la descripción de la actividad escribí «software as a service». Nadie me preguntó si estaba seguro. Menos mal, porque no lo estaba.

Y en 2014 arrancó Foxnice con 300 €. Ni un euro de nadie más.

Si hubiera esperado a que alguien me dijera «adelante», todavía estaría esperando. Probablemente rellenando un formulario.

Las mil caras del permiso

Lo curioso es que el permiso siempre vuelve disfrazado.

A veces se disfraza de subvención. Tienes el proyecto listo, pero esperas al dinero público para empezar. Y el dinero público se toma su tiempo, como buen dinero público.

A veces se disfraza de inversor. La idea es buena, pero será «de verdad» cuando alguien meta dinero.

Y a veces se disfraza de reconocimiento. Un premio, un artículo o un amigo que trabaja en una gran empresa y te dice «qué interesante».

En el fondo, es lo mismo: otra persona con la llave de tu calendario.

Cada vez que esperas permiso, le das a otro el derecho a decidir cuándo empiezas.

He sentido la tentación de las tres. Esperar parece responsable y prudente. Pero casi siempre, creo, es miedo vestido para una entrevista de trabajo.

Lo que hago en su lugar

No tengo un método. Tengo una pregunta.

¿Esto lo puede pagar un cliente?

Si la respuesta es sí, no necesito el sí de nadie más. El del cliente es el único que cuenta. Es la validación más honesta que existe: alguien que tiene un problema y pone su propio dinero para que se lo resuelvas.

Por eso nuestros servicios pagan nuestros productos. No es romántico. Es la única forma que conozco de construir algo sin pedirle permiso a nadie.

Y cuando el que está atascado esperando es el cliente, por una subvención o por una junta, prefiero buscar la forma de empezar ya y recuperarlo poco a poco que pasarme una temporada haciendo cola con él. Puede que salga mal. Pero si sale mal, será nuestro error y con nuestro calendario.

Con eso puedo vivir. Con lo que ya no puedo es con esperar.

El precio

No voy a fingir que sale gratis.

Sin permiso tampoco hay red. No hay nadie con quien repartir la culpa ni ningún consejo que te diga que te equivocas antes de que sea tarde. Ese papel lo hace Yeray, y lo hace bien, pero detrás de nosotros no hay ningún comité.

Y es más lento. Crecer sin inversores tiene su ritmo.

Pero despacio y nuestro gana a rápido y de otro. Al menos para mí.

A los doce años no sabía nada de esto. Simplemente no tenía a quién preguntar.

Y resulta que esa era la lección.

P. D.: Tú tampoco necesitas mi permiso. Pero, por si te ayuda: concedido.