Nuestros clientes son los únicos inversores que hemos tenido
Tenemos inversores desde el primer día, aunque nunca nos han pedido participaciones. Son nuestros clientes, y con sus facturas hemos pagado todos nuestros productos.
Leer más →Empecé 2022 queriendo delegar más. Lo termino habiendo aprendido algo menos cómodo: el problema nunca fue la cantidad de trabajo, sino yo intentando sostenerlo todo.
No puedo con todo.
He tardado un año entero en escribir esa frase sin añadir «todavía».
En enero dije que este sería el año de delegar. Más freelances, más ayuda externa y menos cosas pasando por mis manos. Creía que era un plan sobre la carga de trabajo.
Resultó ser un plan sobre mí.
Visto desde fuera, 2022 fue un año movido y bastante normal para un estudio pequeño.
Trabajamos con más freelances y, por primera vez, con una empresa de programadores por horas. Hicimos la primera oferta de verdad de la herramienta de cobros que estábamos construyendo para clubes deportivos y, en otoño, ya funcionaba en un club. Le propuse a Yeray estudiar el cambio de forma jurídica de la empresa y aprendí algo sobre cómo se toman de verdad las decisiones importantes entre dos socios. Y, fuera de la empresa, una inversión me enseñó más sobre mis propias normas que cualquier libro.
No voy a contarlo todo otra vez.
De lo que quiero escribir es del hilo que lo une todo.
Casi todos los momentos difíciles del año tuvieron la misma forma.
Algo dependía de una sola persona. A veces era un freelance, el único que entendía un trozo de código. A veces, un proveedor que tenía en sus manos una entrega. Y muchas veces, siendo sincero, era yo.
Me pasé los primeros meses pensando que la solución era tener más manos. Me pasé la mitad del año descubriendo que más manos también son más encargos que explicar, más revisiones, más persecuciones… y el mismo nombre de siempre dando la cara ante el cliente. Y me pasé el final del año dándome cuenta de que trataba mi tiempo como si se pudiera estirar sin fin.
No se puede. Lo sabía en teoría. Este año lo he aprendido en la práctica.
Este año no me quedé sin trabajo. Me quedé sin mí.
No es una lista de propósitos. Son un par de cosas de las que estoy un poco más convencido que en enero.
Y, por debajo de todo, la misma idea con la que empezamos: sin inversores, sin cuentas atrás y creciendo con el dinero de los clientes. Este año me ha recordado que la libertad no va solo de quién es el dueño de la empresa. También va de no convertirte tú en lo que la frena.
Una empresa que solo puede ir tan rápido como una persona cansada no es libre. Es pequeña de otra manera.
No tengo un gran plan para 2023. Tengo uno más pequeño.
Hacer yo menos cosas. Poner por escrito más de lo que solo sé yo. Dejar que otros se equivoquen a su manera y que, de vez en cuando, acierten de una forma que no esperaba.
Y cuando me pille diciendo «si lo hago yo, acabo antes», recordar que acabar antes hoy es justo lo que me ha traído hasta aquí.
No puedo con todo.
Y resulta que ese nunca fue mi trabajo.